sábado, 15 de noviembre de 2014

Tinta indeleble

– Pana, ¿cuánto cuesta el túnel? - Pregunta una muchacha con una argolla hiriendo su ceja izquierda.

– La pieza cuesta 60 y ponerlo cuesta 120. –Contesta el flaco detrás del mueble negro que hace las veces de mostrador.


Si al oír la palabra “túnel” pensaste en el de La Planicie, bajando a La Guaira, naciste antes del terremoto de Caracas y no has estado nunca en Clinic Tatoo.

Clinc Tatto es el templo del piercing y el tatuaje en Caracas; concretamente, en el CC San Ignacio. Su página web habla de la asepsia total en sus intervenciones y la solvencia profesional de sus técnicos. Allí fui a dar el sábado en la tarde con mi adolescente tras perder la batalla iniciada hace 8 meses y 80 discusiones. Ale ganó así que acudimos a la cita donde le imprimirían de una vez y para siempre una palabra de 4 letras negras sobre su magra cadera derecha. Ante lo inevitable opté por lo conveniente. Acompañarla. Ver la cara y la mano que mueve la aguja para escribirle Hope. en tinta indeleble.

Después que estampé mi firma de autorización en una hoja con fondo de manga japonés, me senté sobre un leopardo que parecía un sofá. Allí mis ojos iban desde el muestrario de rosas, dragones y todo tipo de símbolos crípticos hasta los que entraban y salían pidiendo información. Este templo de una sola nave mide tres metros por cinco; quirófano incluido. Doy fe que en una hora escasa, pasaron por ahí más de una docena de almas buscando ser marcadas, perforadas, tatuadas. La generación de lo efímero –cien fotos digitales borradas en un click– necesita llevar algo permanente, algo que dure y evoque una persona o un ideal.

El flaco de la caja tiene dos túneles. Ahora sí aclaro: ensanchando sus orejas. A través de los cuales podríamos ver, digamos que la bola Pepsi deshaciéndose. Sus brazos rememoran lo que son porque terminan en 5 dedos pero no hay nada que recuerde el color "carne" de mis Prismacolor. Todo son dibujos.

Una chica se acerca y le pregunta cuánto cuesta retocarse un tatuaje.

El flaco le dice, –Déjame verlo.

La muchacha mira a su novio como pidiendo aprobación, y éste agrega.

–Se lo hizo hace como un año, pero se puso opaco.

Mientras, la chica se baja aún más el pantalón, que ya bordeaba la grácil cadera, y se lo muestra al experto.

–Ummjjj, cuesta como 300. Un retoque significa volver a hacerlo, si no, se nota la diferencia entre el nuevo y el viejo.

Yo me pregunto, si un tatuaje es permanente ¿cómo consideran “viejo” a uno que apenas tiene un año?

Después entra un grupo. El más entusiasta tiene el pelo como Bisbal, puro rulo pero en este caso castaño. Todavía se oye el rumor de los que celebran un gol en el centro comercial. A mí me sirve el ruido, mitiga la vibración de la aguja que entra y sale de la cadera de 14 años que estoy esperando ansiosa. Cuando el Bisbal caraqueño habla, noto su voz borrosa, como saliendo de un túnel. Mueve sus pies, sonríe; sus dedos burbujean describiendo un hormigueo que sube desde los pies hasta los muslos.

Su amiga le dice riendo. –Están tatuando a alguien. ¿Sientes la vibración en el piso?

Me llama la atención el énfasis que pone en cada una de sus palabras, la acompasada modulación de sus labios orientados hacia los ojos del amigo.

Entonces entiendo. Bisbal es sordo y pregunta cuánto cuesta tatuarse una estrella en el brazo.

A estas alturas resumo: nadie ha preguntado si duele, si se cae, cuánto tiempo toma hacerlo. La única duda es el precio. La meta para alcanzar lo eterno es el dinero.

Veo al flaco de la caja atiendiendo a un muchacho que lleva un diseño de dragones con una inscripción saliendo de una nube de humo oscuro. Sus lóbulos agrandados y translúcidos; sus brazos multicolores colgando de una gran franela negra; su nariz atravesada por una argolla plateada, vencen mis prejuicios. El video no se ajusta al audio. La imagen transgresora no anticipa modales atentos, pacientes respuestas. Y los hay.

La puerta del “consultorio” se abre y Alejandra me muestra orgullosa su trofeo de tinta. Tras ella viene el técnico. Mientras da las indicaciones del cuidado –cero playa, cero piscina, mucho Beducén– me distraigo viendo a través de sus dos túneles toda la parafernalia negra y plateada que ahora está en la vitrina y pronto atravesará narices, lóbulos, ombligos y alguna tetilla valiente. Cuando pago con el dinero que Ale ahorró por primera vez en su vida, recuerdo lo que le dije en el carro, último e inútil esfuerzo por persuadirla.

–¿Ale por qué con el dinero del tatuaje no te compras el bolso ese que tiene cornetas para oír el IPOD?

–Mami, el bolso no dura toda la vida.

¿Tic tac?

La tecnología nos ha traído muchas cosas pero se ha llevado otras. Entre las que se han perdido está el tic tac de los relojes. Los de agujas, los analógicos.

Cuando estudiaba primaria una de las tareas imperdibles era aprenderse la hora. Ya no hace falta. Esos números rectos, formados por líneas segmentadas, luminosas, dan la hora sin la ayuda de una maestra. Cualquier niñito va por ahí y dice: son las 5 y 42. Las 5 y 42. Esa sentencia sólo es propia de quien ve los relojes digitales. Uno decía: son las 5 y media pasaditas o un cuarto para las 6... Todo dependía del grado de “precisión” de quien daba la hora, no del reloj consultado. Sin embargo, seguimos usando el término “en el sentido de las agujas del reloj” para referirnos al turno de un juego de mesa.

¿Todavía hay juegos de mesa?

Esto viene a cuento porque a mí me encantan los relojes analógicos; especialmente, los que semejan un objeto lúdico. Mi hija lo sabe, así que en mi cumpleaños me regaló uno grande. Un bombillo de plástico rojo que alberga en su barriga un reloj de 3 agujas negras. Llegó emocionada y lo colgó al lado de mi mesita de noche después de ponerle la pila doble “A” que lo animaba. Lo malo vino después, en la noche.

A pesar de que ya no oigo el silencio nocturno sino la música de un carro que va volando; los gritos de un borracho trasnochado o el orgasmo escandaloso de mi vecina, el tic tac métrico, insistente, penetrante, dominaba incluso, el rumor de la nevera.

Pasé dos noches jurando acostumbrarme. Vano intento. La puntual insistencia del tic tac pudo más que mi apego materno. Así que le dije a mi Ale: mami, el tic tac del reloj no me deja dormir y con una risita nerviosa me lo llevé para el estudio. Allí desvelará a Pérez-Reverte ¿pero qué es un tic tac para un querrequerre de 7 guerras?

Lo peor es que hace poco una amiga muy querida, que está recogiendo sus bártulos para huir de nuestra realidad nacional, me llegó con 3 relojes de nostálgico diseño años ‘50. Uno azul eléctrico, de espléndidos números y agujas doradas; otro redondo, cromado, pleno. Tiene en su centro un dibujo geométrico que acompaña a las agujas en su recorrido concéntrico. El tercero, mi favorito, aunque de forma triangular derrocha sinuosidad desde sus líneas redondeadas; una muestra exacta de esos años dorados del diseño. Para aumentar mi deleite son de cuerda, no existían pilas doble “A” en aquella época.

De modo que pasé toda la noche en un concierto para 3 relojes y un insomnio siempre en el mismo movimiento: adagio ma non troppo.

Ahora están silentes. Prefiero verlos mudos y quietos aunque me recuerden lo que leí en un artículo de feng shui: “No tenga cerca relojes parados es como tener detenido el tiempo.”

jueves, 13 de noviembre de 2014

Sordera selectiva


Cuando la escucho reír
estremecer con sus gritos mis ventanas 
Cuando la oigo gemir
invadir con su placer mis paredes
restregar mi soledad con su compañía
quisiera que mi sordera durara lo mismo que su orgasmo
Fotografía: Flirck

Certeza

Hay fotografías que son más crueles que el espejo.

Por supuesto, no las voy a publicar aquí.

Cuando te veo



Cuando te veo

se me hace agua la boca

algodón las piernas


impaciencia las manos

mármol los pezones

nubes el alma

dudas el corazón

Fotografía: Chema Madoz

lunes, 10 de noviembre de 2014

Auto retrato

La vocación es como la homosexualidad, tarde o temprano sale del closet.

Antes de Ricky Martin yo decía: la vocación es como el agua siempre busca su cauce. Pero ahora cada vez que abro el closet, así sea para sacar un par de sandalias, me acuerdo del niño mimado de Borinquen, la tierra del edén. Después dicen que la publicidad no paga, como el crimen. Pero no es de Ricky Martin que vengo a hablar aquí, sino de mí en este ejercicio de autorretratarme. 

Aquí voy.

Desde chiquita, quiero decir, desde tan chiquita que aún no salía del vientre de mi mamá me dio por llevarle la contraria a la gente. A finaaaaaales de los ’50 no había ecosonograma, lo que valía era una barriga grande, inmensa, en el menudo cuerpo de Nelly. Y todas las medallitas oscilantes sobre el promontorio materno anunciaban varón, de nombre Luís. Supongo, porque no me acuerdo, que debo haberme reído mucho cuando aparecí con más de medio metro de humanidad y una ranurita ratificando la equivocación de todos.

El primer tema a resolver –después vendría pintar de rosado el cuarto, la cuna, los escarpines, los monitos, todos en pulcro azul cielo– sería mi nombre. Una amiga muy viajada de mi mamá sentenció: pónganle Michelle porque hoy es día de San Miguel. Lo de sumarle una “T” y restarle una “L” fue obra de mi papá y del funcionario de turno de la prefectura, respectivamente. No sabía aquella señora que sugiró mi original nombre en época de Carolinas, Yajairas y Marías etcéteras, que los únicos que se llamaban Michele, por aquella época, eran los hijos de los italianos. De modo que llevé lo mío con aquello de: ¿por qué tienes nombre de varón? 

Los niños y su innecesaria sinceridad. 

Fue mucho después, ya en las piñatas de mi hija, donde empezaron a llover Michelles. Porque los nombres, quién lo duda, también son esclavos de la moda.

Pero hablaba del colegio donde fui modosita y estudiosa hasta llegar al liceo y seguir modosita y estudiosa aunque un poco enamoradita, eso sí, huyendo siempre de las matemáticas y ellas de mí, y persiguiendo letras y diccionarios y reglas y escuadras. Siempre fiel al Lego, mi juguete favorito y a las manualidades, culpables junto con Sonia, para entonces mi mejor amiga, de inscribir en la planilla del CNU: Arquitectura.

Fue así que llegué a aquel edificio azul y ventilado siempre a salvo de las huelgas estudiantiles, siempre lejos de la política y demasiado cerca de trasnochos, entregas de diseño y esquivas matemáticas, persiguiendo historias de la arquitectura, historias del arte, historias de historias, con el Diario de Caracas en una mano y el escalímetro en la otra. Fue allí cuando la vocación de lectora y escribidora empezó a asomarse para disputarle el tiempo a los dibujos, a las maquetas y al sueño pero no me impidió salir del Aula Magna vestida del mismo negro que el viernes aquel.

Durante años empuñé una plumilla para los planos y un bolígrafo para las cartas en épocas donde no había ni Internet ni Autocad, pero sí Cabrujas, sí Tomás Eloy Martínez, sí Bryce Echenique y las líneas y las letras corrían paralelas sin molestarse y hasta empezaron a cruzarse y tuve que escribir en italiano las maravillas de Firenze adónde iba a enamorarme en tren todos los sábados desde Siena, porque aprendí italiano en un curso de verano en el que había de todo menos italianos, pero a quién le importa que falte algo donde hay tanta belleza disputándose nuestra atención.

Hace tiempo que no me doy mala vida por esta doble vida y lo mismo defino el tamaño de los muebles de una oficina que el adjetivo huidizo para una crónica urbana. Igual salto del Excel de un presupuesto, al Word de una reseña, porque sigo llevándole la contraria a los que dicen que Caracas y que es fea, y que es violenta y que no hay nada que hacer. Ahora no necesito plumilla para dibujar ni bolígrafo para escribir porque las dos cosas las hago con el mismo teclado pero he agregado una cámara para congelar apamates, araguaneyes, acacias y publicarlas coloridas en www.imagenes-urbanas.blogspot.com para que no digan también que Caracas es gris bajo este cielo azul más terco que yo, aunque debo reconocer que la calina me lo esconde un poquito, de vez en cuando, pero ya se dejó de eso.

Tengo que ir cortando y me falta decir que además de diseñar, de escribir, de leer y de disfrutar Caracas tengo una adolescente de la que fui chofer sin sueldo y con la que pasé muchas horas en el tráfico oyendo radio y pensando: lo único que no ha cambiado en mi vida es que el tiempo y el dinero siguen pareciéndose demasiado. Ninguno de los dos me alcanza.