lunes, 10 de noviembre de 2014

Auto retrato

La vocación es como la homosexualidad, tarde o temprano sale del closet.

Antes de Ricky Martin yo decía: la vocación es como el agua siempre busca su cauce. Pero ahora cada vez que abro el closet, así sea para sacar un par de sandalias, me acuerdo del niño mimado de Borinquen, la tierra del edén. Después dicen que la publicidad no paga, como el crimen. Pero no es de Ricky Martin que vengo a hablar aquí, sino de mí en este ejercicio de autorretratarme. 

Aquí voy.

Desde chiquita, quiero decir, desde tan chiquita que aún no salía del vientre de mi mamá me dio por llevarle la contraria a la gente. A finaaaaaales de los ’50 no había ecosonograma, lo que valía era una barriga grande, inmensa, en el menudo cuerpo de Nelly. Y todas las medallitas oscilantes sobre el promontorio materno anunciaban varón, de nombre Luís. Supongo, porque no me acuerdo, que debo haberme reído mucho cuando aparecí con más de medio metro de humanidad y una ranurita ratificando la equivocación de todos.

El primer tema a resolver –después vendría pintar de rosado el cuarto, la cuna, los escarpines, los monitos, todos en pulcro azul cielo– sería mi nombre. Una amiga muy viajada de mi mamá sentenció: pónganle Michelle porque hoy es día de San Miguel. Lo de sumarle una “T” y restarle una “L” fue obra de mi papá y del funcionario de turno de la prefectura, respectivamente. No sabía aquella señora que sugiró mi original nombre en época de Carolinas, Yajairas y Marías etcéteras, que los únicos que se llamaban Michele, por aquella época, eran los hijos de los italianos. De modo que llevé lo mío con aquello de: ¿por qué tienes nombre de varón? 

Los niños y su innecesaria sinceridad. 

Fue mucho después, ya en las piñatas de mi hija, donde empezaron a llover Michelles. Porque los nombres, quién lo duda, también son esclavos de la moda.

Pero hablaba del colegio donde fui modosita y estudiosa hasta llegar al liceo y seguir modosita y estudiosa aunque un poco enamoradita, eso sí, huyendo siempre de las matemáticas y ellas de mí, y persiguiendo letras y diccionarios y reglas y escuadras. Siempre fiel al Lego, mi juguete favorito y a las manualidades, culpables junto con Sonia, para entonces mi mejor amiga, de inscribir en la planilla del CNU: Arquitectura.

Fue así que llegué a aquel edificio azul y ventilado siempre a salvo de las huelgas estudiantiles, siempre lejos de la política y demasiado cerca de trasnochos, entregas de diseño y esquivas matemáticas, persiguiendo historias de la arquitectura, historias del arte, historias de historias, con el Diario de Caracas en una mano y el escalímetro en la otra. Fue allí cuando la vocación de lectora y escribidora empezó a asomarse para disputarle el tiempo a los dibujos, a las maquetas y al sueño pero no me impidió salir del Aula Magna vestida del mismo negro que el viernes aquel.

Durante años empuñé una plumilla para los planos y un bolígrafo para las cartas en épocas donde no había ni Internet ni Autocad, pero sí Cabrujas, sí Tomás Eloy Martínez, sí Bryce Echenique y las líneas y las letras corrían paralelas sin molestarse y hasta empezaron a cruzarse y tuve que escribir en italiano las maravillas de Firenze adónde iba a enamorarme en tren todos los sábados desde Siena, porque aprendí italiano en un curso de verano en el que había de todo menos italianos, pero a quién le importa que falte algo donde hay tanta belleza disputándose nuestra atención.

Hace tiempo que no me doy mala vida por esta doble vida y lo mismo defino el tamaño de los muebles de una oficina que el adjetivo huidizo para una crónica urbana. Igual salto del Excel de un presupuesto, al Word de una reseña, porque sigo llevándole la contraria a los que dicen que Caracas y que es fea, y que es violenta y que no hay nada que hacer. Ahora no necesito plumilla para dibujar ni bolígrafo para escribir porque las dos cosas las hago con el mismo teclado pero he agregado una cámara para congelar apamates, araguaneyes, acacias y publicarlas coloridas en www.imagenes-urbanas.blogspot.com para que no digan también que Caracas es gris bajo este cielo azul más terco que yo, aunque debo reconocer que la calina me lo esconde un poquito, de vez en cuando, pero ya se dejó de eso.

Tengo que ir cortando y me falta decir que además de diseñar, de escribir, de leer y de disfrutar Caracas tengo una adolescente de la que fui chofer sin sueldo y con la que pasé muchas horas en el tráfico oyendo radio y pensando: lo único que no ha cambiado en mi vida es que el tiempo y el dinero siguen pareciéndose demasiado. Ninguno de los dos me alcanza.

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